La pena de muerte o pena máxima es uno de los temas más controvertidos socialmente. Los debates en torno a esta temática son eternos, tanto en el ámbito académico como en el cotidiano.

Según Wikipedia, “La pena de muerte, pena capital o ejecución consiste en provocar la muerte de un condenado por parte del Estado, como castigo por un delito establecido en la legislación; los delitos a los cuales se aplica esta sanción penal suelen denominarse «crímenes» o «delitos capitales»”. Ahora bien, lo controvertido de la cuestión que genera eternos debates es: ¿Cuáles son las justificaciones de la pena de muerte? ¿Es válida o no? ¿En qué términos? Aquí es donde entran en juego cuestiones éticas, morales, ideológicas, que hacen que las discusiones sobre esta temática no tengan ninguna definición que pueda ser considerada absolutamente verdadera.
Teniendo en cuenta el libro de Diana Cohen Agrest, “Qué piensan los que no piensan como yo”, una de las razones en contra de la pena máxima se basa en la dignidad humana. Quizás sea esta una de las razones con más peso argumentativo. Esta postura hace referencia principalmente a la idea de cosificación del hombre. Es decir, al asesinar a un hombre que cometió un delito para que los demás aprendan que eso no debe hacerse, se pone al hombre en el papel de herramienta. El hombre representaría un medio para llegar a un fin, que, en este caso, sería la intimidación de otros. Esta forma de tratar al hombre como un objeto hace que se pierda su dignidad y, como aclara Cohen Agrest, “el valor de la dignidad del hombre es superior a cualquier precio en el sentido de que, en caso de conflicto, nunca debe ser sacrificado con miras a alcanzar u obtener algo que tiene un valor relativo”.
Por otro lado, una de las razones mejor argumentadas que se presenta en el libro, a favor de la pena de muerte es la teoría del utilitarismo que, si bien está muy relacionada con la filosofía, sirve para entender por qué algunas personas consideran aceptable la pena máxima. Esta teoría explica que “se castiga no porque se ha delinquido, sino para que no se cometa un nuevo quebrantamiento de la ley”. Con esto se refiere a que la pena sirve para lograr intimidar a los posibles futuros delincuentes a través de la amenaza, además de hacerle saber a toda la sociedad lo que le puede pasar si repite un comportamiento como el sancionado.
Al margen de estas teorías que se manejan en las sociedades, los hechos históricos conocidos sobre el tema siempre sirven para entender mejor las teorías. Uno de los casos más controvertidos que se plantean en el libro de Cohen Agrest es la condena a la pena máxima a una joven iraní de 17 años que era sometida a violaciones y abusos. Fue encontrada en un burdel y condenada a muerte por “actos contra la castidad”. Este caso provocó una movilización dentro y fuera de Irán por organismos de defensa de los Derechos Humanos. Finalmente, el tribunal revocó la condena a muerte. Sin embargo, este caso refleja claramente la idea de que la pena máxima es establecida, en muchos casos, sin tener la certeza de que quien está siendo juzgado sea verdaderamente culpable, poniéndose en juego cuestiones económicas y políticas. Muchas estadísticas indican que un gran número de los condenados a muerte son personas en condiciones sociales desfavorables: inmigrantes, negros, mujeres, menores de edad.
Por último, vale aclarar que, según datos de Amnistía Internacional, la pena de muerte no disuade más que otras modalidades de castigo. Así lo ejemplifica Cohen Agrest en su libro: “En Canadá, mientras que la pena de muerte por asesinato se abolió en 1976, el índice de homicidios ha disminuido un 40% desde 1975, relación estadística que desmiente la correlación entre la tasa de homicidios y ese castigo”.
Por Manuela Papaleo
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